Escribo mucho cuando me duele, pero a veces el dolor es tan profundo, que no puedo moverme, que no puedo darle a forma al dolor en líneas ni palabras.
Escribo cuando me equivoco, así queda en papel y no me olvido, o a veces la equivocación es tan grande que no la escribo, porque no vale la pena dedicarle líneas y tiempo a los errores ya hechos y así si no quedan en papel no me persiguen, y mejor que se conviertan en borrones en mi memoria.
Escribo insomne, febril, desquiciado y no paro.
Igual cuando tengo rabia escribo, empuño la pluma y los trazos pasan los papeles donde dejo veneno, y a veces el veneno es tanto que no lo escribo sino lo convierto en actos, gestos o en palabras que suenan, lo escupo en saliva amarga más densa que cualquier tinta.
Pero ahora vuelvo a escribir por muchas razones, una de ellas, muy simple: estoy de vuelta. Pero principalmente escribo porque así me sale, porque así lo quiero hacer, porque así lo siento y así ha sido siempre.
PABLO


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